viernes, 15 de mayo de 2015

Mitos yleyendas 1° BTP 2015

 Bienvenidos estimados alumnos. Aquí  pueden incorporar sus trabajos sobre lectura Mitos y leyendas.

martes, 30 de agosto de 2011

LA CAIDA DE LA CASA USHER


LA CAIDA DE LA CASA USHER

Son coeur est un luth suspendu;

Sitôt qu' on le touche, il résonne.

-De Béranger 2

Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y

pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al

fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa

Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un

sentimiento de insoportable tristeza. Digo insoportable porque no lo atemperaba ninguno de

esos sentimientos semiagradables, por ser poéticos, con los cuales recibe el espíritu aun las

más austeras imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Miré el escenario que tenía

delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como

ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados- con

una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al

despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible

descorrerse del velo. Era una frialdad, un abatimiento, un malestar del corazón, una

irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia

forma alguna de lo sublime. ¿Qué era -me detuve a pensar-, qué era lo que así me

desalentaba en la contemplación de la Casa Usher? Misterio insoluble; y yo no podía luchar

con los sombríos pensamientos que se congregaban a mi alrededor mientras reflexionaba.

Me vi obligado a incurrir en la insatisfactoria conclusión de que mientras hay, fuera de toda

duda, combinaciones de simplísimos objetos naturales que tienen el poder de afectarnos así,

el análisis de este poder se encuentra aún entre las consideraciones que están más allá de

nuestro alcance. Era posible, reflexioné, que una simple disposición diferente de los

elementos de la escena, de los detalles del cuadro, fuera suficiente para modificar o quizá

anular su poder de impresión dolorosa; y, procediendo de acuerdo con esta idea, empujé mi

caballo a la escarpada orilla de un estanque negro y fantástico que extendía su brillo

tranquilo junto a la mansión; pero con un estremecimiento aún más sobrecogedor que antes

contemplé la imagen reflejada e invertida de los juncos grises, y los espectrales troncos, y

las vacías ventanas como ojos.

En esa mansión de melancolía, sin embargo, proyectaba pasar algunas semanas. Su

propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis alegres compañeros de adolescencia;

pero muchos años habían transcurrido desde nuestro último encuentro. Sin embargo,

acababa de recibir una carta en una región distinta del país -una carta suya-, la cual, por su

tono exasperadamente apremiante, no admitía otra respuesta que la presencia personal. La

escritura denotaba agitación nerviosa. El autor hablaba de una enfermedad física aguda, de

un desorden mental que le oprimía y de un intenso deseo de verme por ser su mejor y, en

realidad, su único amigo personal, con el propósito de lograr, gracias a la jovialidad de mi

compañía, algún alivio a su mal. La manera en que se decía esto y mucho más, este pedido

hecho de todo corazón, no me permitieron vacilar y, en consecuencia, obedecí de inmediato

al que, no obstante, consideraba un requerimiento singularísimo.

2 Su corazón es un laúd colgado,

no bien lo tocan, resuena.

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Aunque de muchachos habíamos sido camaradas íntimos, en realidad poco sabía de mi

amigo. Siempre se había mostrado excesivamente reservado. Yo sabía, sin embargo, que su

antiquísima familia se había destacado desde tiempos inmemoriales por una peculiar

sensibilidad de temperamento desplegada, a lo largo de muchos años, en numerosas y

elevadas concepciones artísticas y manifestada, recientemente, en repetidas obras de

caridad generosas, aunque discretas, así como en una apasionada devoción a las dificultades

más que a las bellezas ortodoxas y fácilmente reconocibles de la ciencia musical. Conocía

también el hecho notabilísimo de que la estirpe de los Usher, siempre venerable, no había

producido, en ningún periodo, una rama duradera; en otras palabras, que toda la familia se

limitaba a la línea de descendencia directa y siempre, con insignificantes y transitorias

variaciones, había sido así. Esta ausencia, pensé, mientras revisaba mentalmente el perfecto

acuerdo del carácter de la propiedad con el que distinguía a sus habitantes, reflexionando

sobre la posible influencia que la primera, a lo largo de tantos siglos, podía haber ejercido

sobre los segundos, esta ausencia, quizá, de ramas colaterales, y la consiguiente transmisión

constante de padre a hijo, del patrimonio junto con el nombre, era la que, al fin, identificaba

tanto a los dos, hasta el punto de fundir el título originario del dominio en el extraño y

equívoco nombre de Casa Usher, nombre que parecía incluir, entre los campesinos que lo

usaban, la familia y la mansión familiar.

He dicho que el solo efecto de mi experimento un tanto infantil -el de mirar en el estanquehabía

ahondado la primera y singular impresión. No cabe duda de que la conciencia del

rápido crecimiento de mi superstición -pues, ¿por qué no he de darle este nombre?- servía

especialmente para acelerar su crecimiento mismo. Tal es, lo sé de antiguo, la paradójica

ley de todos los sentimientos que tienen como base el terror. Y debe de haber sido por esta

sola razón que, cuando de nuevo alcé los ojos hacia la casa desde su imagen en el estanque,

surgió en mi mente una extraña fantasía, fantasía tan ridícula, en verdad, que sólo la

menciono para mostrar la vívida fuerza de las sensaciones que me oprimían. Mi

imaginación estaba excitada al punto de convencerme de que se cernía sobre toda la casa y

el dominio una atmósfera propia de ambos y de su inmediata vecindad, una atmósfera sin

afinidad con el aire del cielo, exhalada por los árboles marchitos, por los muros grises, por

el estanque silencioso, un vapor pestilente y místico, opaco, pesado, apenas perceptible, de

color plomizo.

Sacudiendo de mi espíritu eso que tenía que ser un sueño, examiné más de cerca el

verdadero aspecto del edificio. Su rasgo dominante parecía ser una excesiva antigüedad.

Grande era la decoloración producida por el tiempo. Menudos hongos se extendían por toda

la superficie, suspendidos desde el alero en una fina y enmarañada tela de araña. Pero esto

nada tenía que ver con ninguna forma de destrucción. No había caído parte alguna de la

mampostería, y parecía haber una extraña incongruencia entre la perfecta adaptación de las

partes y la disgregación de cada piedra. Esto me recordaba mucho la aparente integridad de

ciertos maderajes que se han podrido largo tiempo en alguna cripta descuidada, sin que

intervenga el soplo del aire exterior. Aparte de este indicio de ruina general la fábrica daba

pocas señales de inestabilidad. Quizá el ojo de un observador minucioso hubiera podido

descubrir una fisura apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado del edificio, en

el frente, se abría camino pared abajo, en zig-zag, hasta perderse en las sombrías aguas del

estanque.

Mientras observaba estas cosas cabalgué por una breve calzada hasta la casa. Un sirviente

que aguardaba tomó mi caballo, y entré en la bóveda gótica del vestíbulo. Un criado de

paso furtivo me condujo desde allí, en silencio, a través de varios pasadizos oscuros e

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intrincados, hacia el gabinete de su amo. Mucho de lo que encontré en el camino

contribuyó, no sé cómo, a avivar los vagos sentimientos de los cuales he hablado ya.

Mientras los objetos circundantes -los relieves de los cielorrasos, los oscuros tapices de las

paredes, el ébano negro de los pisos y los fantasmagóricos trofeos heráldicos que

rechinaban a mi paso- eran cosas a las cuales, o a sus semejantes, estaba acostumbrado

desde la infancia, mientras cavilaba en reconocer lo familiar que era todo aquello, me

asombraban por lo insólitas las fantasías que esas imágenes no habituales provocaban en

mí. En una de las escaleras encontré al médico de la familia. La expresión de su rostro,

pensé, era una mezcla de baja astucia y de perplejidad. El criado abrió entonces una puerta

y me dejó en presencia de su amo.

La habitación donde me hallaba era muy amplia y alta. Tenía ventanas largas, estrechas y

puntiagudas, y a distancia tan grande del piso de roble negro, que resultaban absolutamente

inaccesibles desde dentro. Débiles fulgores de luz carmesí se abrían paso a través de los

cristales enrejados y servían para diferenciar suficientemente los principales objetos; los

ojos, sin embargo, luchaban en vano para alcanzar los más remotos ángulos del aposento, a

los huecos del techo abovedado y esculpido. Oscuros tapices colgaban de las paredes. El

moblaje general era profuso, incómodo, antiguo y destartalado. Había muchos libros e

instrumentos musicales en desorden, que no lograban dar ninguna vitalidad a la escena.

Sentí que respiraba una atmósfera de dolor. Un aire de dura, profunda e irremediable

melancolía lo envolvía y penetraba todo.

A mi entrada, Usher se incorporó de un sofá donde estaba tendido cuan largo era y me

recibió con calurosa vivacidad, que mucho tenía, pensé al principio, de cordialidad

excesiva, del esfuerzo obligado del hombre de mundo ennuyé. Pero una mirada a su

semblante me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos y, durante unos instantes,

mientras no hablaba, lo observé con un sentimiento en parte de compasión, en parte de

espanto. ¡Seguramente hombre alguno hasta entonces había cambiado tan terriblemente, en

un periodo tan breve, como Roderick Usher! A duras penas pude llegar a admitir la

identidad del ser exangüe que tenía ante mí, con el compañero de mi adolescencia. Sin

embargo, el carácter de su rostro había sido siempre notable. La tez cadavérica; los ojos,

grandes, líquidos, incomparablemente luminosos; los labios, un tanto finos y muy pálidos,

pero de una curva extraordinariamente hermosa; la nariz, de delicado tipo hebreo, pero de

ventanillas más abiertas de lo que es habitual en ellas; el mentón, finamente modelado,

revelador, en su falta de prominencia, de una falta de energía moral; los cabellos, más

suaves y más tenues que tela de araña: estos rasgos y el excesivo desarrollo de la región

frontal constituían una fisonomía difícil de olvidar. Y ahora la simple exageración del

carácter dominante de esas facciones y de su expresión habitual revelaban un cambio tan

grande, que dudé de la persona con quien estaba hablando. La palidez espectral de la piel,

el brillo milagroso de los ojos, por sobre todas las cosas me sobresaltaron y aun me

aterraron. El sedoso cabello, además, había crecido al descuido y, como en su desordenada

textura de telaraña flotaba más que caía alrededor del rostro, me era imposible, aun

haciendo un esfuerzo, relacionar su enmarañada apariencia con idea alguna de simple

humanidad.

En las maneras de mi amigo me sorprendió encontrar incoherencia, inconsistencia, y pronto

descubrí que era motivada por una serie de débiles y fútiles intentos de vencer un

azoramiento habitual, una excesiva agitación nerviosa. A decir verdad, ya estaba preparado

para algo de esta naturaleza, no menos por su carta que por reminiscencias de ciertos rasgos

juveniles y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y su

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temperamento. Sus gestos eran alternativamente vivaces y lentos. Su voz pasaba de una

indecisión trémula (cuando su espíritu vital parecía en completa latencia) a esa especie de

concisión enérgica, esa manera de hablar abrupta, pesada, lenta, hueca; a esa pronunciación

gutural, densa, equilibrada, perfectamente modulada que puede observarse en el borracho

perdido o en el opiómano incorregible durante los periodos de mayor excitación.

Así me habló del objeto de mi visita, de su vehemente deseo de verme y del solaz que

aguardaba de mí. Abordó con cierta extensión lo que él consideraba la naturaleza de su

enfermedad. Era, dijo, un mal constitucional y familiar, y desesperaba de hallarle remedio;

una simple afección nerviosa, añadió de inmediato, que indudablemente pasaría pronto. Se

manifestaba en una multitud de sensaciones anormales. Algunas de ellas, cuando las

detalló, me interesaron y me desconcertaron, aunque sin duda tuvieron importancia los

términos y el estilo general del relato. Padecía mucho de una acuidad mórbida de los

sentidos; apenas soportaba los alimentos más insípidos; no podía vestir sino ropas de cierta

textura; los perfumes de todas las flores le eran opresivos; aun la luz más débil torturaba sus

ojos, y sólo pocos sonidos peculiares, y éstos de instrumentos de cuerda, no le inspiraban

horror.

Vi que era un esclavo sometido a una suerte anormal de terror. "Moriré -dijo-, tengo que

morir de esta deplorable locura. Así, así y no de otro modo me perderé. Temo los sucesos

del futuro, no por sí mismos, sino por sus resultados. Me estremezco pensando en cualquier

incidente, aun el más trivial, que pueda actuar sobre esta intolerable agitación. No

aborrezco el peligro, como no sea por su efecto absoluto: el terror. En este desaliento, en

esta lamentable condición, siento que tarde o temprano llegará el periodo en que deba

abandonar vida y razón a un tiempo, en alguna lucha con el torvo fantasma: el miedo."

Conocí además por intervalos, y a través de insinuaciones interrumpidas y ambiguas, otro

rasgo singular de su condición mental. Estaba dominado por ciertas impresiones

supersticiosas relativas a la morada que ocupaba y de donde, durante muchos años, nunca

se había aventurado a salir, supersticiones relativas a una influencia cuya supuesta energía

fue descrita en términos demasiado sombríos para repetirlos aquí; influencia que algunas

peculiaridades de la simple forma y material de la casa familiar habían ejercido sobre su

espíritu, decía, a fuerza de soportarlas largo tiempo; efecto que el aspecto físico de los

muros y las torrecillas grises y el oscuro estanque en el cual éstos se miraban había

producido, a la larga, en la moral de su existencia.

Admitía, sin embargo, aunque con vacilación, que podía buscarse un origen más natural y

más palpable a mucho de la peculiar melancolía que así lo afectaba: la cruel y prolongada

enfermedad, la disolución evidentemente próxima de una hermana tiernamente querida, su

única compañía durante muchos años, su último y solo pariente sobre la tierra. "Su muerte -

decía con una amargura que nunca podré olvidar- hará de mí (de mí, el desesperado, el

frágil) el último de la antigua raza de los Usher." Mientras hablaba, Madeline (que así se

llamaba) pasó lentamente por un lugar apartado del aposento y, sin notar mi presencia,

desapareció. La miré con extremado asombro, no desprovisto de temor, y sin embargo me

es imposible explicar estos sentimientos. Una sensación de estupor me oprimió, mientras

seguía con la mirada sus pasos que se alejaban. Cuando por fin una puerta se cerró tras ella,

mis ojos buscaron instintiva y ansiosamente el semblante del hermano, pero éste había

hundido la cara entre las manos y sólo pude percibir que una palidez mayor que la habitual

se extendía en los dedos descarnados, por entre los cuales se filtraban apasionadas lágrimas.

La enfermedad de Madeline había burlado durante mucho tiempo la ciencia de sus médicos.

Una apatía permanente, un agotamiento gradual de su persona y frecuentes aunque

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transitorios accesos de carácter parcialmente cataléptico eran el diagnóstico insólito. Hasta

entonces había soportado con firmeza la carga de su enfermedad, negándose a guardar

cama; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como me lo dijo esa noche

su hermano con inexpresable agitación) al poder aplastante del destructor, y supe que la

breve visión que yo había tenido de su persona sería probablemente la última para mí, que

nunca más vería a Madeline, por lo menos en vida.

En los varios días posteriores, ni Usher ni yo mencionamos su nombre, y durante este

periodo me entregué a vehementes esfuerzos para aliviar la melancolía de mi amigo.

Pintábamos y leíamos juntos; o yo escuchaba, como en un sueño, las extrañas

improvisaciones de su elocuente guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más

estrecha me introducía sin reserva en lo más recóndito de su alma, iba advirtiendo con

amargura la futileza de todo intento de alegrar un espíritu cuya oscuridad, como una

cualidad positiva, inherente, se derramaba sobre todos los objetos del universo físico y

moral, en una incesante irradiación de tinieblas.

Siempre tendré presente el recuerdo de las muchas horas solemnes que pasé a solas con el

amo de la Casa Usher. Sin embargo, fracasaría en todo intento de dar una idea sobre el

exacto carácter de los estudios o las ocupaciones a los cuales me inducía o cuyo camino me

mostraba. Una idealidad exaltada, enfermiza, arrojaba un fulgor sulfúreo sobre todas las

cosas. Sus largos e improvisados cantos fúnebres resonarán eternamente en mis oídos.

Entre otras cosas, conservo dolorosamente en la memoria cierta singular perversión y

amplificación del extraño aire del último vals de Von Weber. De las pinturas que nutrían su

laboriosa imaginación y cuya vaguedad crecía a cada pincelada, vaguedad que me causaba

un estremecimiento tanto más penetrante, cuanto que ignoraba su causa; de esas pinturas

(tan vívidas que aún tengo sus imágenes ante mí) sería inútil mi intento de presentar algo

más que la pequeña porción comprendida en los límites de las meras palabras escritas. Por

su extremada simplicidad, por la desnudez de sus diseños, atraían la atención y la

subyugaban. Si jamás un mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí, al

menos -en las circunstancias que entonces me rodeaban-, surgía de las puras abstracciones

que el hipocondríaco lograba proyectar en la tela, una intensidad de intolerable espanto,

cuya sombra nunca he sentido, ni siquiera en la contemplación de las fantasías de Fuseli,

resplandecientes, por cierto, pero demasiado concretas.

Una de las fantasmagóricas concepciones de mi amigo, que no participaba con tanto rigor

del espíritu de abstracción, puede ser vagamente esbozada, aunque de una manera indecisa,

débil, en palabras. El pequeño cuadro representaba el interior de una bóveda o túnel

inmensamente largo, rectangular, con paredes bajas, lisas, blancas, sin interrupción ni

adorno alguno. Ciertos elementos accesorios del diseño servían para dar la idea de que esa

excavación se hallaba a mucha profundidad bajo la superficie de la tierra. No se observaba

ninguna saliencia en toda la vasta extensión, ni se discernía una antorcha o cualquier otra

fuente artificial de luz; sin embargo, flotaba por todo el espacio una ola de intensos rayos

que bañaban el conjunto con un esplendor inadecuado y espectral.

He hablado ya de ese estado mórbido del nervio auditivo que hacía intolerable al paciente

toda música, con excepción de ciertos efectos de instrumentos de cuerda. Quizá los

estrechos límites en los cuales se había confinado con la guitarra fueron los que originaron,

en gran medida, el carácter fantástico de sus obras. Pero no es posible explicar de la misma

manera la fogosa facilidad de sus impromptus. Debían de ser -y lo eran, tanto las notas

como las palabras de sus extrañas fantasías (pues no pocas veces se acompañaba con

improvisaciones verbales rimadas)-, debían de ser los resultados de ese intenso

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recogimiento y concentración mental a los cuales he aludido antes y que eran observables

sólo en ciertos momentos de la más alta excitación mental. Recuerdo fácilmente las

palabras de una de esas rapsodias. Quizá fue la que me impresionó con más fuerza cuando

la dijo, porque en la corriente interna o mística de su sentido creí percibir, y por primera

vez, una acabada conciencia por parte de Usher de que su encumbrada razón vacilaba sobre

su trono. Los versos, que él tituló El palacio encantado, decían poco más o menos así:

En el más verde de los valles

que habitan ángeles benéficos,

erguíase un palacio lleno

de majestad y hermosura.

¡Dominio del rey Pensamiento,

allí se alzaba!

Y nunca un serafín batió sus alas

sobre cosa tan bella.

Amarillos pendones, sobre el techo

flotaban, áureos y gloriosos

(todo eso fue hace mucho,

en los más viejos tiempos);

y con la brisa que jugaba

en tan gozosos días,

por las almenas se expandía

una fragancia alada.

Y los que erraban en el valle,

por dos ventanas luminosas

a los espíritus veían

danzar al ritmo de laúdes,

en torno al trono donde

(¡porfirogéneto!)

envuelto en merecida pompa,

sentábase el señor del reino.

Y de rubíes y de perlas

era la puerta del palacio,

de donde como un río fluían,

fluían centelleando,

los Ecos, de gentil tarea:

la de cantar con altas voces

el genio y el ingenio

de su rey soberano.

Mas criaturas malignas invadieron,

vestidas de tristeza, aquel dominio.

(¡Ah, duelo y luto! ¡Nunca más

nacerá otra alborada!)

Y en torno del palacio, la hermosura

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que antaño florecía entre rubores,

es sólo una olvidada historia

sepulta en viejos tiempos.

Y los viajeros, desde el valle,

por las ventanas ahora rojas,

ven vastas formas que se mueven

en fantasmales discordancias,

mientras, cual espectral torrente,

por la pálida puerta

sale una horrenda multitud que ríe...

pues la sonrisa ha muerto.

Recuerdo bien que las sugestiones nacidas de esta balada nos lanzaron a una corriente de

pensamientos donde se manifestó una opinión de Usher que menciono, no por su novedad

(pues otros hombres han pensado así), sino para explicar la obstinación con que la defendió.

En líneas generales afirmaba la sensibilidad de todos los seres vegetales. Pero en su

desordenada fantasía la idea había asumido un carácter más audaz e invadía, bajo ciertas

condiciones, el reino de lo inorgánico. Me faltan palabras para expresar todo el alcance, o el

vehemente abandono de su persuasión. La creencia, sin embargo, se vinculaba (como ya lo

he insinuado) con las piedras grises de la casa de sus antepasados. Las condiciones de la

sensibilidad habían sido satisfechas, imaginaba él, por el método de colocación de esas

piedras, por el orden en que estaban dispuestas, así como por los numerosos hongos que las

cubrían y los marchitos árboles circundantes, pero, sobre todo, por la prolongación

inmodificada de este orden y su duplicación en las quietas aguas del estanque. Su evidencia

-la evidencia de esa sensibilidad- podía comprobarse, dijo (y al oírlo me estremecí), en la

gradual pero segura condensación de una atmósfera propia en torno a las aguas y a los

muros. El resultado era discernible, añadió, en esa silenciosa, mas importuna y terrible

influencia que durante siglos había modelado los destinos de la familia, haciendo de él eso

que ahora estaba yo viendo, eso que él era. Tales opiniones no necesitan comentario, y no

haré ninguno.

Nuestros libros -los libros que durante años constituyeran no pequeña parte de la existencia

intelectual del enfermo- estaban, como puede suponerse, en estricto acuerdo con este

carácter espectral. Estudiábamos juntos obras tales como el Verver et Chartreuse, de

Gresset; el Belfegor, de Maquiavelo; Del cielo y del infierno, de Swedenborg; el Viaje

subterráneo de Nicolás Klim, de Holberg; la Quiromancia de Robert Flud, de Jean

D'Indaginé y De la Chambre; el Viaje a la distancia azul, de Tieck; y La ciudad del sol, de

Campanella. Nuestro libro favorito era un pequeño volumen en octavo del Directorium

Inquisitorium, del dominico Eymeric de Gironne, y había pasajes de Pomponius Mela sobre

los viejos sátiros africanos y egibanos, con los cuales Usher soñaba horas enteras. Pero

encontraba su principal deleite en la lectura cuidadosa de un rarísimo y curioso libro gótico

en cuarto -el manual de una iglesia olvidada-, las Vigiliæ Mortuorum Chorum Eclesiæ

Maguntiæ.

No podía dejar de pensar en el extraño ritual de esa obra y en su probable influencia sobre

el hipocondríaco, cuando una noche, tras informarme bruscamente que Madeline había

dejado de existir, declaró su intención de preservar su cuerpo durante quince días (antes de

su inhumación definitiva) en una de las numerosas criptas del edificio. El humano motivo

que alegaba para justificar esta singular conducta no me dejó en libertad de discutir. El

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hermano había llegado a esta decisión (así me dijo) considerando el carácter insólito de la

enfermedad de la difunta, ciertas importunas y ansiosas averiguaciones por parte de sus

médicos, la remota y expuesta situación del cementerio familiar. No he de negar que,

cuando evoqué el siniestro aspecto de la persona con quien me cruzara en la escalera el día

de mi llegada a la casa, no tuve deseo de oponerme a lo que consideré una precaución

inofensiva y en modo alguno extraña.

A pedido de Usher, lo ayudé personalmente en los preparativos de la sepultura temporaria.

Ya en el ataúd, los dos solos llevamos el cuerpo a su lugar de descanso. La cripta donde lo

depositamos (por tanto tiempo clausurada que las antorchas casi se apagaron en su

atmósfera opresiva, dándonos poca oportunidad para examinarla) era pequeña, húmeda y

desprovista de toda fuente de luz; estaba a gran profundidad, justamente bajo la parte de la

casa que ocupaba mi dormitorio. Evidentemente había desempeñado, en remotos tiempos

feudales, el siniestro oficio de mazmorra, y en los últimos tiempos el de depósito de

pólvora o alguna otra sustancia combustible, pues una parte del piso y todo el interior del

largo pasillo abovedado que nos llevara hasta allí estaban cuidadosamente revestidos de

cobre. La puerta, de hierro macizo, tenía una protección semejante. Su inmenso peso, al

moverse sobre los goznes, producía un chirrido agudo, insólito.

Una vez depositada la fúnebre carga sobre los caballetes, en aquella región de horror,

retiramos parcialmente hacia un lado la tapa todavía suelta del ataúd, y miramos la cara de

su ocupante. Un sorprendente parecido entre el hermano y la hermana fue lo primero que

atrajo mi atención, y Usher, adivinando quizá mis pensamientos, murmuró algunas

palabras, por las cuales supe que la muerta y él eran mellizos y que entre ambos habían

existido siempre simpatías casi inexplicables. Nuestros ojos, sin embargo, no se detuvieron

mucho en la muerta, porque no podíamos mirarla sin espanto. El mal que llevara a

Madeline a la tumba en la fuerza de la juventud había dejado, como es frecuente en todas

las enfermedades de naturaleza estrictamente cataléptica, la ironía de un débil rubor en el

pecho y la cara, y esa sonrisa suspicaz, lánguida, que es tan terrible en la muerte. Volvimos

la tapa a su sitio, la atornillamos y, asegurada la puerta de hierro, emprendimos camino, con

fatiga, hacia los aposentos apenas menos lúgubres de la parte superior de la casa.

Y entonces, transcurridos algunos días de amarga pena, sobrevino un cambio visible en las

características del desorden mental de mi amigo. Sus maneras habituales habían

desaparecido. Descuidaba u olvidaba sus ocupaciones comunes. Erraba de aposento en

aposento con paso presuroso, desigual, sin rumbo. La palidez de su semblante había

adquirido, si era posible tal cosa, un tinte más espectral, pero la luminosidad de sus ojos

había desaparecido por completo. El tono a veces ronco de su voz ya no se oía, y una

vacilación trémula, como en el colmo del terror, caracterizaba ahora su pronunciación. Por

momentos, en verdad, pensé que algún secreto opresivo dominaba su mente agitada sin

descanso, y que luchaba por conseguir valor suficiente para divulgarlo. Otras veces, en

cambio, me veía obligado a reducirlo todo a las meras e inexplicables divagaciones de la

locura, pues lo veía contemplar el vacío horas enteras, en actitud de profundísima atención,

como si escuchara algún sonido imaginario. No es de extrañarse que su estado me aterrara,

que me inficionara. Sentía que a mi alrededor, a pasos lentos pero seguros, se deslizaban las

extrañas influencias de sus supersticiones fantásticas y contagiosas.

Al retirarme a mi dormitorio la noche del séptimo u octavo día después de que Madeline

fuera depositada en la mazmorra, y siendo ya muy tarde, experimenté de manera especial y

con toda su fuerza esos sentimientos. El sueño no se acercaba a mi lecho y las horas

pasaban y pasaban. Luché por racionalizar la nerviosidad que me dominaba. Traté de

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convencerme de que mucho, si no todo lo que sentía, era causado por la desconcertante

influencia del lúgubre moblaje de la habitación, de los tapices oscuros y raídos que,

atormentados por el soplo de una tempestad incipiente, se balanceaban espasmódicos de

aquí para allá sobre los muros y crujían desagradablemente alrededor de los adornos del

lecho. Pero mis esfuerzos eran infructuosos. Un temblor incontenible fue invadiendo

gradualmente mi cuerpo, y al fin se instaló sobre mi propio corazón un íncubo, el peso de

una alarma por completo inmotivada. Lo sacudí, jadeando, luchando, me incorporé sobre

las almohadas y, mientras miraba ansiosamente en la intensa oscuridad del aposento, presté

atención -ignoro por qué, salvo que me impulsó una fuerza instintiva- a ciertos sonidos

ahogados, indefinidos, que llegaban en las pausas de la tormenta, con largos intervalos, no

sé de dónde. Dominado por un intenso sentimiento de horror, inexplicable pero

insoportable, me vestí aprisa (pues sabía que no iba a dormir más durante la noche) e

intenté salir de la lamentable condición en que había caído, recorriendo rápidamente la

habitación de un extremo al otro.

Había dado unas pocas vueltas, cuando un ligero paso en una escalera contigua atrajo mi

atención. Reconocí entonces el paso de Usher. Un instante después llamaba con un toque

suave a mi puerta y entraba con una lámpara. Su semblante tenía, como de costumbre, una

palidez cadavérica, pero además había en sus ojos una especie de loca hilaridad, una

histeria evidentemente reprimida en toda su actitud. Su aire me espantó, pero todo era

preferible a la soledad que había soportado tanto tiempo, y hasta acogí su presencia con

alivio.

-¿No lo has visto? -dijo bruscamente, después de echar una mirada a su alrededor, en

silencio-. ¿No lo has visto? Pues aguarda, lo verás -y diciendo esto protegió

cuidadosamente la lámpara, se precipitó a una de las ventanas y la abrió de par en par a la

tormenta.

La ráfaga entró con furia tan impetuosa que estuvo a punto de levantarnos del suelo. Era, en

verdad, una noche tempestuosa, pero de una belleza severa, extrañamente singular en su

terror y en su hermosura. Al parecer, un torbellino desplegaba su fuerza en nuestra

vecindad, pues había frecuentes y violentos cambios en la dirección del viento; y la

excesiva densidad de las nubes (tan bajas que oprimían casi las torrecillas de la casa) no nos

impedía advertir la viviente velocidad con que acudían de todos los puntos, mezclándose

unas con otras sin alejarse. Digo que aun su excesiva densidad no nos impedía advertirlo, y

sin embargo no nos llegaba ni un atisbo de la luna o de las estrellas, ni se veía el brillo de

un relámpago. Pero las superficies inferiores de las grandes masas de agitado vapor, así

como todos los objetos terrestres que nos rodeaban, resplandecían en la luz extranatural de

una exhalación gaseosa, apenas luminosa y claramente visible, que se cernía sobre la casa y

la amortajaba.

-¡No debes mirar, no mirarás eso! -dije, estremeciéndome, mientras con suave violencia

apartaba a Usher de la ventana para conducirlo a un asiento-. Estos espectáculos, que te

confunden, son simples fenómenos eléctricos nada extraños, o quizá tengan su horrible

origen en el miasma corrupto del estanque. Cerremos esta ventana; el aire está frío y es

peligroso para tu salud. Aquí tienes una de tus novelas favoritas. Yo leeré y me escucharás,

y así pasaremos juntos esta noche terrible.

El antiguo volumen que había tomado era Mad Trist, de Launcelot Canning; pero lo había

calificado de favorito de Usher más por triste broma que en serio, pues poco había en su

prolijidad tosca, sin imaginación, que pudiera interesar a la elevada e ideal espiritualidad de

mi amigo. Pero era el único libro que tenía a mano, y alimenté la vaga esperanza de que la

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excitación que en ese momento agitaba al hipocondríaco pudiera hallar alivio (pues la

historia de los trastornos mentales está llena de anomalías semejantes) aun en la

exageración de la locura que yo iba a leerle. De haber juzgado, a decir verdad, por la

extraña y tensa vivacidad con que escuchaba o parecía escuchar las palabras de la historia,

me hubiera felicitado por el éxito de mi idea.

Había llegado a esa parte bien conocida de la historia en que Ethelred, el héroe del Trist,

después de sus vanos intentos de introducirse por las buenas en la morada del eremita,

procede a entrar por la fuerza. Aquí, se recordará, las palabras del relator son las siguientes:

"Y Ethelred, que era por naturaleza un corazón valeroso, y fortalecido, además, gracias al

poder del vino que había bebido, no aguardó el momento de parlamentar con el eremita,

quien, en realidad, era de índole obstinada y maligna; mas sintiendo la lluvia sobre sus

hombros, y temiendo el estallido de la tempestad, alzó resueltamente su maza y a golpes

abrió un rápido camino en las tablas de la puerta para su mano con guantelete, y, tirando

con fuerza hacia sí, rajó, rompió, lo destrozó todo en tal forma que el ruido de la madera

seca y hueca retumbó en el bosque y lo llenó de alarma."

Al terminar esta frase me sobresalté y por un momento me detuve, pues me pareció (aunque

en seguida concluí que mi excitada imaginación me había engañado), me pareció que, de

alguna remotísima parte de la mansión, llegaba confusamente a mis oídos algo que podía

ser, por su exacta similitud, el eco (aunque sofocado y sordo, por cierto) del mismo ruido

de rotura, de destrozo que Launcelot había descrito con tanto detalle. Fue, sin duda alguna,

la coincidencia lo que atrajo mi atención pues, entre el crujir de los bastidores de las

ventanas y los mezclados ruidos habituales de la tormenta creciente, el sonido en sí mismo

nada tenía, a buen seguro, que pudiera interesarme o distraerme. Continué el relato:

"Pero el buen campeón Ethelred pasó la puerta y quedó muy furioso y sorprendido al no

percibir señales del maligno eremita y encontrar, en cambio, un dragón prodigioso, cubierto

de escamas, con lengua de fuego, sentado en guardia delante de un palacio de oro con piso

de plata, y del muro colgaba un escudo de bronce reluciente con esta leyenda:

Quien entre aquí, conquistador será;

Quien mate al dragón, el escudo ganará.

"Y Ethelred levantó su maza y golpeó la cabeza del dragón, que cayó a sus pies y lanzó su

apestado aliento con un rugido tan hórrido y bronco y además tan penetrante que Ethelred

se tapó de buena gana los oídos con las manos para no escuchar el horrible ruido, tal como

jamás se había oído hasta entonces."

Aquí me detuve otra vez bruscamente, y ahora con un sentimiento de violento asombro,

pues no podía dudar de que en esta oportunidad había escuchado realmente (aunque me

resultaba imposible decir de qué dirección procedía) un grito insólito, un sonido chirriante,

sofocado y aparentemente lejano, pero áspero, prolongado, la exacta réplica de lo que mi

imaginación atribuyera al extranatural alarido del dragón, tal como lo describía el novelista.

Oprimido, como por cierto lo estaba desde la segunda y más extraordinaria coincidencia,

por mil sensaciones contradictorias, en las cuales predominaban el asombro y un extremado

terror, conservé, sin embargo, suficiente presencia de ánimo para no excitar con ninguna

observación la sensibilidad nerviosa de mi compañero. No era nada seguro que hubiese

advertido los sonidos en cuestión, aunque se había producido durante los últimos minutos

una evidente y extraña alteración en su apariencia. Desde su posición frente a mí había

hecho girar gradualmente su silla, de modo que estaba sentado mirando hacia la puerta de la

habitación, y así sólo en parte podía ver yo sus facciones, aunque percibía sus labios

temblorosos, como si murmuraran algo inaudible. Tenía la cabeza caída sobre el pecho,

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pero supe que no estaba dormido por los ojos muy abiertos, fijos, que vi al echarle una

mirada de perfil. El movimiento del cuerpo contradecía también esta idea, pues se mecía de

un lado a otro con un balanceo suave, pero constante y uniforme. Luego de advertir

rápidamente todo esto, proseguí el relato de Launcelot, que decía así:

"Y entonces el campeón, después de escapar a la terrible furia del dragón, se acordó del

escudo de bronce y del encantamiento roto, apartó el cuerpo muerto de su camino y avanzó

valerosamente sobre el argentado pavimento del castillo hasta donde colgaba del muro el

escudo, el cual, entonces, no esperó su llegada, sino que cayó a sus pies sobre el piso de

plata con grandísimo y terrible fragor."

Apenas habían salido de mis labios estas palabras, cuando -como si realmente un escudo de

bronce, en ese momento, hubiera caído con todo su peso sobre un pavimento de platapercibí

un eco claro, profundo, metálico y resonante, aunque en apariencia sofocado.

Incapaz de dominar mis nervios, me puse en pie de un salto; pero el acompasado

movimiento de Usher no se interrumpió. Me precipité al sillón donde estaba sentado. Sus

ojos miraban fijos hacia adelante y dominaba su persona una rigidez pétrea. Pero, cuando

posé mi mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió su cuerpo; una sonrisa

malsana tembló en sus labios, y vi que hablaba con un murmullo bajo, apresurado,

ininteligible, como si no advirtiera mi presencia. Inclinándome sobre él, muy cerca, bebí,

por fin, el horrible significado de sus palabras:

-¿No lo oyes? Sí, yo lo oigo y lo he oído. Mucho, mucho, mucho tiempo... muchos

minutos, muchas horas, muchos días lo he oído, pero no me atrevía... ¡Ah, compadéceme,

mísero de mí, desventurado! ¡No me atrevía... no me atrevía a hablar! ¡La encerramos viva

en la tumba! ¿No dije que mis sentidos eran agudos? Ahora te digo que oí sus primeros

movimientos, débiles, en el fondo del ataúd. Los oí hace muchos, muchos días, y no me

atreví, ¡no me atrevía hablar! ¡Y ahora, esta noche, Ethelred, ja, ja! ¡La puerta rota del

eremita, y el grito de muerte del dragón, y el estruendo del escudo!... ¡Di, mejor, el ruido

del ataúd al rajarse, y el chirriar de los férreos goznes de su prisión, y sus luchas dentro de

la cripta, por el pasillo abovedado, revestido de cobre! ¡Oh! ¿Adónde huiré? ¿No estará

aquí pronto? ¿No se precipita a reprocharme mi prisa? ¿No he oído sus pasos en la

escalera? ¿No distingo el pesado y horrible latido de su corazón? ¡INSENSATO! -y aquí,

furioso, de un salto, se puso de pie y gritó estas palabras, como si en ese esfuerzo entregara

su alma-: ¡INSENSATO! ¡TE DIGO QUE ESTÁ DEL OTRO LADO DE LA PUERTA!

Como si la sobrehumana energía de su voz tuviera la fuerza de un sortilegio, los enormes y

antiguos batientes que Usher señalaba abrieron lentamente, en ese momento, sus pesadas

mandíbulas de ébano. Era obra de la violenta ráfaga, pero allí, del otro lado de la puerta,

ESTABA la alta y amortajada figura de Madeline Usher. Había sangre en sus ropas

blancas, y huellas de acerba lucha en cada parte de su descarnada persona. Por un momento

permaneció temblorosa, tambaleándose en el umbral; luego, con un lamento sofocado, cayó

pesadamente hacia adentro, sobre el cuerpo de su hermano, y en su violenta agonía final lo

arrastró al suelo, muerto, víctima de los terrores que había anticipado.

De aquel aposento, de aquella mansión huí aterrado. Afuera seguía la tormenta en toda su

ira cuando me encontré cruzando la vieja avenida. De pronto surgió en el sendero una luz

extraña y me volví para ver de dónde podía salir fulgor tan insólito, pues la vasta casa y sus

sombras quedaban solas a mis espaldas. El resplandor venía de la luna llena, roja como la

sangre, que brillaba ahora a través de aquella fisura casi imperceptible dibujada en zig-zag

desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la contemplaba, la figura se ensanchó

rápidamente, pasó un furioso soplo del torbellino, todo el disco del satélite irrumpió de

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pronto ante mis ojos y mi espíritu vaciló al ver desmoronarse los poderosos muros, y hubo

un largo y tumultuoso clamor como la voz de mil torrentes, y a mis pies el profundo y

corrompido estanque se cerró sombrío, silencioso, sobre los restos de la Casa Usher.