martes, 30 de agosto de 2011

CUENTOS DE POE


EL GATO NEGRO

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a

escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero

no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar

hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente

y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios

me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré

explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que

barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas

a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que

la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar

sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que

abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis

compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una

gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que

cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y,

cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer.

Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan

que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía.

Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón

de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar

mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más

agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos,

un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una

sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco

supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos

negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo

menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo

yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir

que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi

temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio.

Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los

sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por

infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de

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mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin

embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que

hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el

afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué

enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo

y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis

correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos,

pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de

mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se

separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra,

estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí

mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo.

Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la

orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen

cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una

vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo

sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo

presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de

costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me

quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente

antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no

tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó

el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo,

tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos

primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos

sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo

cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de

que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta

descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el

solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída

final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su

propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a

consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre

fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué

mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el

corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que

no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un

pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posiblemás

allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

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La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de:

"¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo.

Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo

quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que

resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y

mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún

eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las

paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco

espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi

lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su

reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias

personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras

"¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en

la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco

gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor

del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por

el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había

ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la

multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al

gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa

forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra

el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del

cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño

episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses

no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un

sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de

lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba,

algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó

mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían

el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y

me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me

aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y

absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el

cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le

cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi

mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que

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precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me

contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció

dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para

inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se

convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo

contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su

marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de

disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el

animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban

maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de

cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con

inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una

emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de

haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue

precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado

esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente

de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis

pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me

sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas

caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o

bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En

esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el

recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un

espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería

imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en

esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto

que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras

que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la

forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia

entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha,

aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de

manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como

fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora

algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del

monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa

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atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del

crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia,

cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan

insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni

de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba

un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir

el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que

no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de

bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los

más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse

en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer,

que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y

frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde

nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada

escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura.

Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían

detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de

haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por

su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en

la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de

ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin

correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente.

Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me

ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el

cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería

común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que

me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice

que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y

estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no

había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa

chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano.

Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y

tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo

sospechoso.

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No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una

palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve

en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después

de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del

anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí

seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada.

Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me

dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final

me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su

destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la

violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi

humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de

la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez

desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con

el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como

un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería

a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me

preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho

responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió

nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a

una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no

sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen.

No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano.

Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el

de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado

los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban

completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era

demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra

como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber

disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso,

caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa

con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de

excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una

gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que

llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la

esposa de mi corazón.

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¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el

eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y

entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente

hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un

aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede

haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los

demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome

hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado

por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una

pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie

ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo

como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al

asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo

en la tumba!

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