martes, 30 de agosto de 2011

EL BARRIL DE AMONTILLADO


EL BARRIL AMONTILLADO

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el

insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no

llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi

propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente.

Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte.

No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar

cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta

deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.

Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que

sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su

presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de

arrebatarle la vida.

Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de

toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en

vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su

entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto

de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras

preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en

cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente

de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se

me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.

Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió

con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de

payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza

con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no

haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.

-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen

aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman

amontillado, y tengo mis dudas.

-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!

-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de

pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de

encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.

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-¡Amontillado!

-Tengo mis dudas.

-¡Amontillado!

-Y he de pagarlo.

-¡Amontillado!

-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un

buen entendido. Él me dirá...

-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.

-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.

-Vamos, vamos allá.

-¿Adónde?

-A sus bodegas.

-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún

compromiso. Luchesi...

-No tengo ningún compromiso. Vamos.

-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho

frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.

-A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y

Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.

Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y,

ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los

criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya

antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes

concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo

sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las

espaldas.

Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole

encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la

bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara

precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos,

uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.

El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada

una de sus zancadas.

-¿Y el barril? -preguntó.

-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las

paredes de la cueva.

Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la

embriaguez.

-¿Salitre? -me preguntó, por fin.

-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?

-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!

A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.

-No es nada -dijo por último.

-Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted

rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No

debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted

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enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive

Luchesi...

-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.

-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero

debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.

Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras

análogas, tumbadas en el húmedo suelo.

-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.

Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con

familiaridad. Los cascabeles sonaron.

-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.

-Y yo, por la larga vida de usted.

De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.

-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.

-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.

-He olvidado cuáles eran sus armas.

-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos

dientes se clavan en el talón.

-¡Muy bien! -dijo.

Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa

del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con

barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de

nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.

-El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las

bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los

huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...

-No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.

Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos

llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no

pude comprender.

Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.

-¿No comprende usted? -preguntó.

-No -le contesté.

-Entonces, ¿no es usted de la hermandad?

-¿Cómo?

-¿No pertenece usted a la masonería?

-Sí, sí -dije-; sí, sí.

-¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?

-Un masón -repliqué.

-A ver, un signo -dijo.

-Éste -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.

-Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.

-Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.

Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos

por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos

después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más

que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos

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espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban

en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.

Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del

cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un

rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta

por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro

pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber

sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre

dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se

apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.

En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la

profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.

-Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...

-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido

inmediatamente por mí.

En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se

detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al

granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de

otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de

pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y

retrocedí, saliendo del recinto.

-Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en

efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda

más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi

mano.

-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.

-Cierto -repliqué-, el amontillado.

Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido.

Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de

construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente

a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de

albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en

gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la

profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un

largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la

cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos

minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en

cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo

la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba

entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por

encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el

interior.

Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado,

como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.

Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas

por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la

mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y

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contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en

extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.

Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena

y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una

piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba

en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los

pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del

noble Fortunato. La voz decía:

-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en

el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!

-El amontillado -dije.

-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el

palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.

-Sí -dije-; vámonos ya.

-¡Por el amor de Dios, Montresor!

-Sí -dije-; por el amor de Dios.

En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta

voz:

-¡Fortunato!

No hubo respuesta, y volví a llamar.

-¡Fortunato!

Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer

en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda

causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos

esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la

antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado.

In pace requiescat!

!"

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