martes, 30 de agosto de 2011

LA MASCARA DE LA MUERTE ROJA


LA MASCARA DE LA MUERTE ROJA

La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido

tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la

sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y

sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el

bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y

fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron

semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos

al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica

construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe.

Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una

vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos.

Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la

desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con

precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior

se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido

todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos;

había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba

la Muerte Roja.

Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles

estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más

insólita magnificencia.

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Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los

salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de

los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles

puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad

de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del

príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la

visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco

recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared,

una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la

serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante

de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía

tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba

tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era

enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con

tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía

completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la

paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en

esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran

escarlata, tenían un color de sangre.

A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los

techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no

estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y

opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos

rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada

estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero

en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de

sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente

siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que

pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del

poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un

resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la

hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y

resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos

de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para

escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un

momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los

tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más

edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa

meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en

la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad,

mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos

una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo

que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la

meditación.

Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se

mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de

la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro

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esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era

así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El

príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas

destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.

Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo

fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes,

veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete

cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se

contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo

que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo

queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en

sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa

ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los

sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los

trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche

avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la

tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra,

brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír

las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la

vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los

tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y

las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una

cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso

ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos

que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió

que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos

de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada

que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un

susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba

desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de

fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no

hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía

límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal

criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no

pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la

muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los

concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no

revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los

pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al

semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en

dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si

no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las

apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente,

así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

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Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un

movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los

bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de

disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.

-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se

atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo,

para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el

aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el

príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su

mano.

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul.

Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien,

en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y

cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había

producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin

impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia

retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando

ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había

distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la

anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera

decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la

vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos,

sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano,

acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía

alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de

golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía

resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto.

Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al

aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e

inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir

que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían

ninguna figura tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en

la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre

y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se

apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y

las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

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